Silencio. No sé si es incómodo o
simplemente algo que acompaña a este momento. Momento en el que cruzaré y
cambiará todo. Me concentro en lo que va a pasar. Cada movimiento es mucho más
lento pero más marcado. Puedo distinguir cada sonido de la calle y hacerlo mío.
El ruido que hacen las ruedas al pasar por los adoquines desaparece con el
pulso de mi pecho. El aire me roza con
descaro, y entra con fuerza. Entrelazo palabras ajenas con una voz interior que
no para de animarme. Los pies caminan solos sin miedo. Me impaciento por buscar
algo o alguien que hacer conocido. ¿Por qué siento que he pasado por allí más
veces? Porque ya he estado allí, ya es parte de mí. Reconozco una a una las
piedras que dan forma a esa incertidumbre cada vez más certera. Atravieso a un
montón de gente, y cuando digo atravesar quiero decir fundir mis pensamientos
con sus ojos como si adivinasen lo que está pasando. No hace frío, pero las
décimas de segundo parecen congelarse con la intención de poder revivirlas de
nuevo. Actos intencionados (o no) que hacen situarme en ese lugar y creer que
lo que estoy sintiendo es el principio de un cambio. Imagino en apenas un
segundo lo que he sido, soy y seré mientras me alejo de mi punto de partida.
Alejarme de quebraderos de cabeza que hacen que mi despedida sea intensa y se
acople fácilmente al sonido de las carcajadas.
Ya está, ahora camino más firme.
Es de noche. Cruzo el arco como quien decide hacer un cambio en su vida,
enfrentándose a sus miedos para superarlos, o como quien lucha para conseguir
su meta. Meta que se hace más cuesta arriba al tratarse de la calle empinada de
enfrente. Es un primer paso, mi primera huella en la ciudad. Ciudad de cambio y
de superación. He cruzado el arco más grande de mi vida, las personas a mi
alrededor me han hecho sentir decidida mientras que los ritmos de esta nueva
ciudad llena de encanto me han hecho entender que por fin este es mi sitio y que
estos primeros cinco segundos han sido la sensación más real de mi vida.